Trump

Qué largo camino y qué rápido pasó. Todavía recuerdo el primer debate del GOP a mediados de 2015. Me agradaba el doctor Ben Carson, pero no le veía uña de guitarrero, le faltaba garra para llegar, en cambio Trump era todo lo que yo entendía y entiendo que necesita Occidente para recuperar sus principios republicanos y liberales pergeñados en el clasicismo greco-romano y fraguados por la Ilustración. Sin ser un intelectual ni sumergirse en las profundidades del pensamiento, el principal asset de Trump era él: su historia, su fortuna, su estilo, su imagen, su desenfado, sus modales, un compendio de incorrección política que puso los pelos de punta a los personeros de la hegemonía progrezurda global desde el minuto cero que Trump pisó la carrera a la Casa Blanca.

Al principio lo ningunearon, creyendo que no tenía ninguna posibilidad de ir más allá de un par de apariciones circenses. A medida que Trump iba dejando rivales por el camino, el menosprecio pasó a ser desprecio, en un principio sobreactuado son sorna, más adelante murmurado con preocupación, pero seguían aferrados a la antilógica que provee el vivir en un mundo virtual armado con slogans, dogmas y liturgia sectaria: Trump NO PODÍA ganar. Jamás. No le podía ganar a nuestra abeja reina que el día de su cumpleaños se congratuló a sí misma como futura presidentA. Así, con “a”, porque el siglo XXI le pertenece a la mujer por mandato divino (no de Dios sino de la divinura femenina). Y no era posible que a la candidata del siglo XXI le ganara un remedo de macho alfa sigloveintista, misógino (tenía una mujer como jefa de campaña), xenófobo (está casado con una extranjera), racista (se atreve a pronunciar el sintagma herético “terrorismo islámico”, porque como todos sabemos el Islam es una raza).

La gran noche de la fiesta consagratoria en Versalles, irrumpió una masa de “deplorables”, ignorantes, viejos, jóvenes alt-right, hombres (cuenta la leyenda que también mujeres, muchas), blancos, armados, trabajadores (TRA-BA-JA-DO-RES!!!), los mismos que al otro lado del Atlántico habían aguado la fiesta británica de la Unión Soviética Europea, esos seres obsoletos, con género definido, muchos de ellos creyentes, otros simples votantes del partido que abolió la esclavitud en Estados Unidos. Esa masa de cuellos rojos puso fin al baile de máscaras. No hubo guillotinas, hubo votos; el absolutismo biempensante volvió al ágora republicana; encuestas y medios transformados en órganos de difusión de una de las dos campañas, quedaron recogiendo las migajas de las tortas que la Antonieta demócrata había mandado a comer a los que no tuvieran el pan adoctrinado académico y mediático de cada día.

Hoy, 20 de enero de 2017, retornó Tocqueville al nuevo continente y anotó en un cuaderno de viaje que la democracia había vuelto a América.

Publicado en Facebook, 20 de enero de 2017

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