Bienal Iberoamericana de Arte Joven, Buenos Aires 1989

En 1988 (yo tenía 19 años) la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires (hoy Gobierno de la Ciudad Autónoma) convocó a jóvenes artistas para que presentaran sus trabajos para la Primera Bienal Iberoamericana de Arte Joven a realizarse en marzo de 1989. El inefable Instituto Nacional de Cinematografía (hoy INCAA), partícipe necesario de varios de mis accidentes a lo largo de mi vida profesional, era el encargado del área de cine y video de la Bienal, y ofrecía financiar los guiones ganadores en sendos formatos.

En una de esas noches bacanales de exuberancia creativa que nos regala la vitalidad y la inconsciencia de la juventud, escribí un guión para un corto de 20 minutos. Se titulaba Fizz y contaba, de manera bastante heterodoxa y fantasiosa, la decadencia de una familia que proyectaba imágenes de su pasado próspero a fines de los años 20s, antes de ser arrasada por la debacle del golpe del 30, en el que yo veía el origen de la degradación argentina.

No sólo se trató del primer premio relativamente importante que ganaba, sino que me veía a mí mismo como parte de un acontecimiento cultural de los más trascendentes en la historia de este país. La Bienal convocaba multitudes en cada presentación de todas y cada una de las disciplinas, Página/12, el diario de vanguardia cultural de la época, le dedicaba doble página todos los días en su sección principal, la televisión hablaba por primera vez de “posmodernidad” y las imágenes de esos jóvenes transgresores hacían olvidar el páramo socioeconómico de los estertores del alfonsinismo. Ante un auditorio repleto en la capilla del Centro Cultural Recoleta, di notas para los medios y una conferencia que, a falta de conocimientos sobre la materia en la que irresponsable e irreverentemente me había metido, fue pródiga en chistes, salidas ingeniosas e historias ocurrentes. Me sentía Los Beatles con el background de Panamerican atrás.

Desde el glorioso momento en que me informaron que había ganado ese premio, hasta el fatídico día final de la Bienal, me dejaron en la más absoluta soledad para presentar presupuestos, planes de rodaje, equipos técnicos y elencos, para lo cual no estaba preparado, aunque a base de voluntad y ayuda de profesionales a los que pude acudir gracias a mi tío Nicolás Gerscovich logré llegar a armar un proyecto de producción razonable. Pero lo más duro de todo es que nunca apareció ni un centavo de los fondos prometidos, lo que debió ser mi opera prima en 16mm nunca fue filmada, y yo me vi en abril de 1989, luego de mi gira mágica y misteriosa por el brillante mundo de la fama precoz, sin nada.

Nunca fui tonto, por lo que nunca me consoló el mal de muchos: los prometidos libros de novela, cuentos y poesías, los prometidos discos de bandas nuevas, las prometidas muestras itinerantes de plástica y, sí, los prometidos cortos de cine y video, jamás vieron la luz.

Durante muchos años pensé que hubiera sido de mi carrera si filmaba ese guión poco convencional y poco profesional, qué hubiera salido de mi frescura y amateurismo. Y, llevando la ucronía más allá de las fronteras, qué destino me habría esperado de ganar un premio en ese mismo contexto de impacto cultural pero en París, Londres o Nueva York en vez de la Buenos Aires desgobernada por lo más tonto e incompetente de la Juventud Radical.

En esta vida no está la respuesta.

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